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Tshunulama era una muchacha que sentía su corazón esclavizado por una relación de amor. Y por más lágrimas que sus ojos derramaban, y por más que su mente le decía que tenía que soltar y nacer a la verdadera independencia, su corazón no sabía cómo salir del torturador apego que padecía. Noche tras noche, tan solo experimentaba un recuerdo obsesivo de aquel hombre ante el que se sentía ignorada y humillada.
Tshunulama se había convertido en una esclava del recuerdo, agarrada a una cuerda de su memoria, de la que no podía soltar su mano aferrada. Soltar…Tan sólo de pensarlo el miedo aterrador la invadía.
Pero un buen día soñó con un anciano de ojos profundos y de mirada familiar y sabia que le decía:
–Basta, no temas, suelta la cuerda que ata tu vida y esclaviza tu alma.
–No puedo– respondió Tshunulama, viéndose a sí misma colgada de aquella cuerda–. Me da miedo, caería, siento que me moriría… es superior a mí.
–No es así –contestó él–. Desde que tu corazón se siente esclavo, has dejado de vivir tu propia vida. Eres capaz de soltar. Cuando lo hagas, sabes en lo más profundo que sentirás un gozo intenso y la paz que mereces.
Tshunulama sintió que podía ver con claridad sus miedos:
–“¿Deseo realmente la libertad y la autonomía como para arriesgar lo que tanto aprecio? ¿Cómo puedo estar segura? ¿Qué quiero realmente de la vida? ¿Para qué he nacido?”. Sin darse cuenta, su mente se ensanchaba… Poco a poco, comenzó a sentir sus dedos más sueltos y empezó a permitir que algo profundo aflojara su mano aferrada, mientras sentía una brisa de paz.
Confiando en su intuición, aflojó el último dedo y, de pronto, observó que nada sucedía. Comprobó que permanecía exactamente donde estaba, y entonces se dió cuenta, atónita, de que había estado todo el tiempo sobre el suelo. Sus miedos tan sólo habían existido en su mente… Podía salir, abrir puertas y ventanas, y respirar la fuerza de la vida en su interior. Todo el Universo renacía en el rostro sonriente de una nueva Tshunulama.

Extraído del libro Cuentos para aprender a aprender, de José María Doria (Gaia Ediciones).

En un lejano paraje de sol y de paz, se hallaba un escritor de nombre Cronom que vivía junto a un pequeño poblado de pescadores. Su vida era tranquila y de todos era conocido que gozaba del respeto y la estima de las personas que lo conocían.

Cronom, amante de los silencios y de la contemplación de la naturaleza, todas las mañanas solía caminar al alba por la orilla del mar, observando el disco solar que pleno de vida y fuerza le enviaba las más bellas inspiraciones.

Sucedió que un día, aparentemente como todos, encontrándose paseando por aquella desierta playa, de pronto, divisó a una joven que, por sus movimientos, parecía estar bailando sobre la orilla. Poco a poco, conforme se fue acercando, comprobó que se trataba de una hermosa muchacha que recogía las estrellas de mar que hallaba en la arena y, las devolvía al Océano con gracia y ligereza.

“¿Por qué hace eso?” Preguntó el escritor un tanto intrigado.

“¿No se da usted cuenta?” Replicó la joven. “Con este sol de verano, si las estrellas se quedan aquí en la playa, se secarán y morirán.”

El escritor no pudiendo reprimir una sonrisa, contestó: “Joven, existen miles de kilómetros de costa y centenares de miles de estrellas de mar… ¿Qué consigue con eso? Usted sólo devuelve unas pocas al océano”

La joven tomando otra estrella en su mano y mirándola fijamente, dijo:

“Tal vez, pero para ésta ya he conseguido algo…” y la lanzó al mar. Al instante le dedicó una amplia sonrisa y siguió su camino.

Aquella noche, el escritor no pudo dormir… Finalmente cuando llegó el alba, salió de su casa, buscó a la joven a lo largo de aquella playa dorada, se reunió con ella y, sin decir palabra,

Comenzó a recoger estrellas y devolverlas al mar.

© Texto perteneciente al libro del Autor
Cuentos para Aprender a Aprender “

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Jorge Bucay.
Un rey fué hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda”.
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a tí mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Puedes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por tí, o puedes marchitarte en tu propia condena…