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La escucha consciente es un acto de atención y generosidad hacia el otro. Es asimismo un acto de hospitalidad, pues a través de la escucha cedemos un espacio en la mente y en el corazón, y eso se parece al hecho de acoger a un huésped invisible y hacer un hueco en el que éste quepa.

 

Escuchar es también una incursión en la interioridad del otro al tiempo que se trasgreden y amplían los propios límites. Quien escucha, apacigua su alma.

Para escuchar necesitamos neutralizar las interferencias interiores y exteriores que obstaculizan el encuentro con el otro. Y para ello tenemos que hacer el acto deliberado de escuchar.

En dicha escucha generamos un espacio en el que pueden manifestarse las emociones y revivirse los recuerdos, percibirse las intuiciones y abrirse paso a la libradora comprensión que en sí misma constituye el objetivo profundo del proceso de ayuda.

Como seres humanos, tenemos la necesidad primigenia de ser escuchados y, en este sentido, la escucha posee un gran poder terapéutico. Esto se manifiesta gracias a que la escucha profunda genera un espacio libre de juicios y pleno de aceptación, un espacio que permite al escuchado recorrer por sí mismo el camino interior de una ampliadora comprensión.

 

Escuchar es recibir incondicionalmente lo que la otra persona expresa; es, en este sentido…

“Una expresión de amor” (Tara Brach).

fuente 

La paciencia es una forma de sabiduría.

Demuestra que comprendemos y aceptamos el hecho de que, a veces, las cosas se tengan que desplegar cuando les toca. Un niño puede intentar ayudar, rompiendo la crisálida, a que una mariposa salga, aunque, por regla general, la mariposa no resulte en nada beneficiada por el esfuerzo. Cualquier adulto sabe que la mariposa sólo puede salir al exterior cuando le llega el momento y que no puede acelerarse el proceso.

De la misma manera, cuando practicamos la atención plena, cultivamos la paciencia hacia nuestra propia mente y nuestro propio cuerpo.

De forma expresa, nos recordamos que no hay necesidad alguna de impacientarnos con nosotros mismos por encontrar que nuestra mente se pasa el tiempo juzgando, o porque estemos tensos, nerviosos o asustados, o por haber practicado durante algún tiempo sin aparentes resultados positivos.

Nos hemos concedido un espacio para tener esas experiencias. ¿ Por qué? ¡Porque de todas maneras las vamos a tener¡ Cuando lleguen constituirán nuestra realidad, serán una parte de nuestra vida que se despliegua en ese momento, de modo que tratémonos a nosotros mismos tan bien al menos como trataríamos a la mariposa.

¿Por qué pasar a la carrera en algún momento para llegar a los demás, a otros “mejores”?. Después de todo, cada uno de ellos constituye nuestra vida en ese instante.

Cuando practicamos estar así con nosotros mismos, estamos destinados a encontarnos con que nuestra mente posee “ una mente propia “.

Una de las actividades favoritas de la mente es vagar por el pasado y el futuro y perderse en pensar. Algunos de sus pensamientos son agradables: otros, dolorosos y generadores de intranquilidad. En cualquiera de los casos, el mero hecho de pensar ejerce un fuerte tirón en nuestra conciencia. La mayoría de las veces, nuestros pensamientos arrollan nuestra percepción del momento actual y hacen que perdamos nuestra conexión con el presente.

La paciencia puede ser una cualidad especialmente útil para invocarla cuando la mente está agitada y puede ayudarnos a aceptar lo errático de ésta recordándonos que no tenemos por qué arrastrarnos a sus viajes. En realidad, nos ayuda a recordar que lo que es verdad es precisamente lo contrario.

Tener paciencia consiste sencillamente en estar totalmente abierto a cada momento, aceptándolo en su plenitud y sabiendo que, al igual que en el caso de la mariposa, las cosas se descubren cuando les toca.

FUENTE: Kabat-Zinn, John (2.004): “Vivir con plenitud las crísis”. Editorial Kairos